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CONFLICTOS ARMADOS

Los conflictos armados provocan un desvío de recursos hacia la compra de armamento en detrimento de la salud y la educación de la población

En la actualidad, 1.300 millones de personas en el mundo viven en condiciones de hambre y pobreza endémica, mientras el bienestar y la riqueza de una minoría continúa acrecentándose. Durante la última década, se ha evidenciado una correlación positiva entre pobreza y conflicto, y aunque no puede determinarse el grado de causalidad entre ambos, las cifras hablan por sí solas: de los 25 países con un índice de desarrollo humano (IDH) más bajo, 18 se encuentran en estado de conflicto armado o han salido de él recientemente.

Las dinámicas de los conflictos internos son muy complejas y merecen un análisis muy detallado, especialmente en casos de genocidio (Ruanda o Camboya), de enfrentamientos étnicos (Burundi, Somalia, Liberia o Sri Lanka) o cuando sale a la luz una mezcla de motivaciones religiosas, ideológicas y políticas (Bosnia-Hercegovina, Afganistán, Timor Oriental o Kosovo).

No obstante, en el origen de la mayoría de conflictos yacen unas mismas causas: un reparto injusto de la riqueza, regímenes autoritarios que mantienen los privilegios económicos de una minoría excluyendo a la mayoría, militarización, discriminación étnica, represión política y violaciones de los derechos humanos. A ello hay que sumar la lucha por el territorio que, aunque ha dejado de ser causa habitual en los conflictos actuales, en el pasado contribuyó a la gestación de algunos conflictos que han llegado hasta nuestros días.

Ello se hace evidente especialmente en África, donde el trazado arbitrario de fronteras durante la descolonización sigue generando tensiones entre etnias y dificultando la estabilidad dentro de una misma frontera.

Relación entre guerra y pobreza

En los 90, casi la mitad de los países menos desarrollados estuvo inmerso en un conflicto armado. Existe un vínculo directo, y en ambos sentidos, entre pobreza y guerra. Por una parte, la pobreza genera inestabilidad que en ocasiones desemboca en violencia y guerra civil.

Cuando los recursos estratégicos como el agua o la tierra apta para la agricultura son escasos, la lucha por el acceso a dichos recursos puede derivar en conflictos armados entre países.

Se da la paradoja que la riqueza de algunos países no sólo no los salva de la guerra sino que los ha sumido en ella.

En Angola, Sierra Leona o la República Democrática del Congo (RDC) la lucha por el control de los diamantes o el petróleo está perpetuando guerras devastadoras.

A su vez, la guerra sólo genera más pobreza. Los gobiernos asignan recursos públicos a la compra de armamento en detrimento de gastos sociales cruciales para el desarrollo, como la sanidad y la educación. Y además, la comunidad internacional se ve obligada a destinar cada vez más recursos a asistencia humanitaria y de reconstrucción, en lugar de programas de desarrollo y fomento de los derechos sociales y económicos, siendo ésta, sin embargo, la forma de combatir las causas que generan conflictos e implantar una cultura de paz a largo plazo.

En los conflictos armados de larga duración conviven momentos álgidos de enfrentamiento y periodos de menor intensidad, imposibilitando la necesaria estabilidad para iniciar la recuperación del tejido social y la reconstrucción de infraestructuras. Como consecuencia, se perpetúa el ciclo de destrucción y pobreza, agravado por la utilización de minas antipersona y la existencia de dispositivos sin explotar, que impiden el retorno de personas refugiadas y desplazadas, el comercio entre pueblos y la siembra y la cosecha.

Conflictos olvidados

pesar de que la respuesta a las crisis humanitarias debería estar determinada por la gravedad y la necesidad de la población, la realidad nos demuestra la enorme inconsistencia de la generosidad de los gobiernos.

En las últimas décadas, la atención y los esfuerzos internacionales para la intervención humanitaria se han dado cuando el conflicto se ha producido geográficamente cerca de los países ricos (antigua Yugoslavia), cuando ha sido percibido como una amenaza a la estabilidad económica o la seguridad internacional (invasión de Kuwait por Iraq) o cuando se ha generado una amplia cobertura informativa por parte de los medios de comunicación (caso árabo-israelí).

Los conflictos que no reúnen ninguna de estas características han caído, inevitablemente, en el olvido. La mayor parte de ellos se desarrollan en África desde hace años (Sahara Occidental, Argelia, Sudán, Somalia, Sierra Leona, Liberia, Angola o RDC) y la atención hacia la población de estos países, que en muchos casos sufre las consecuencias de la guerra desde hace generaciones, ha sido totalmente insuficiente: la respuesta media por parte de la comunidad internacional ha alcanzado tan sólo el 50% de las necesidades estimadas y solicitadas por los organismos de Naciones Unidas para estos países.

Según un estudio de OXFAM INTERNACIONAL, en 1999 la comunidad internacional donó un promedio de 207 dólares por persona necesitada en la antigua Yugoslavia, mientras que sólo donó 16 dólares por persona en Sierra Leona u 8 dólares en la RDC.

El coste humano de la guerra

La proliferación y el uso indiscriminado de armas ligeras, junto con el hecho de que la población civil se convierte a menudo en objetivo de guerra, está provocando una crisis humanitaria mundial. Se estima que entre el 65 y el 90% de las víctimas de los conflictos durante la última década son civiles. El ACNUR (Alto Comisariado de Naciones Unidas para los Refugiados) estima que hoy hay más de 14 millones de personas refugiadas y más de 20 millones de desplazados internos. Según un estudio de OXFAM INTERNACIONAL, de éstos, 9 millones provienen de tan sólo cinco conflictos: Ruanda, Liberia, la antigua Yugoslavia, Afganistán y Palestina. Los niños y las niñas son especialmente vulnerables. Más de 300.000 menores de 18 años han sido movilizados -reclutados a la fuerza u obligados por la pobreza- por fuerzas armadas gubernamentales o por grupos de oposición armada, y están luchando en más de 30 países.

A pesar de que el desenlace de muchos conflictos se debe principalmente a factores internos, en algunos casos, organismos internacionales, gobiernos de países desarrollados y empresas transnacionales han contribuido determinantemente a la perpetuación de situaciones que favorecen el desarrollo violento e impiden la resolución pacífica de dichos conflictos. Algunos de los principales productores y exportadores de armamento, por ejemplo, promueven de manera irresponsable e incontrolada la venta de armas a países con gobiernos represivos, con altos índices de militarización o que no respetan los derechos humanos.

Empresas transnacionales se convierten en cómplices del enriquecimiento de grupos armados y regímenes autoritarios, a través de la compra y comercialización de productos valiosísimos para el desarrollo social y económico de la población, como los diamantes o el petróleo. Durante los 80, más de 100 países en desarrollo, sumidos en la crisis de la deuda, se han visto obligados a adoptar programas de ajuste estructural impuestos por las instituciones financieras internacionales, que han supuesto el recorte del gasto social y los ingresos de los sectores populares, incrementando la pobreza, la conflictividad social y la depredación del medio ambiente.

Construir un mundo más seguro

A pesar de un panorama tan poco alentador, la ayuda humanitaria adecuada y responsable, respaldada por una acción política, económica y diplomática eficaz puede marcar una diferencia real en la salvación de vidas humanas y en la contribución a un futuro más seguro.

Para empezar, la comunidad internacional debe actuar en todas las fases de un conflicto. Durante la fase de gestación, deben promoverse actuaciones como la promoción de la educación para la paz y la no violencia o la diplomacia preventiva, el desarrollo de sistemas de alerta temprana -que adviertan de situaciones que pueden evolucionar en conflicto violento- y de instrumentos como tribunales penales o tratados internacionales que controlen y sancionen el comercio ilegal de armas. Una vez iniciado el conflicto armado, la comunidad internacional debería intervenir para cortar las fuentes de financiación de las partes enfrentadas e impedir su rearme.

El apoyo y capacitación de organizaciones civiles que refuercen el papel de la población en la resolución del conflicto es de vital importancia en esta fase, así como garantizar que la ayuda humanitaria llega a todas las víctimas sin distinción. Una vez finalizado el conflicto e iniciada la fase de rehabilitación, la actuación debe dirigirse al desarme y desmovilización de excombatientes, vigilancia y promoción de los derechos humanos y civiles, retorno y reintegración de refugiados y desplazados, promoción de los servicios sociales y refuerzo de la capacidad del gobierno.

Paralelamente, los gobiernos y organismos internacionales deben promover una mayor regulación del comercio internacional, de manera que aumente la transparencia y el control sobre las actuaciones de las empresas transnacionales, especialmente aquellas que comercializan armas, diamantes, petróleo o maderas preciosas, e incrementar sus presupuestos de ayuda, con el fin de garantizar la respuesta a crisis humanitarias sin desviar recursos para el desarrollo a largo plazo. Las empresas transnacionales, por su parte, deben adoptar códigos de conducta que aseguren el respeto de los derechos laborales de los trabajadores, no agrediendo el medio ambiente y no contribuyendo al enriquecimiento de elites corruptas.

La respuesta global a la prevención de los conflictos es la promoción de un desarrollo sostenible y equitativo que ataque de raíz las causas que generan pobreza e inestabilidad. La ayuda en situaciones de emergencia no debería sustituir las respuestas políticas y económicas como la prevención de conflictos, la ayuda para el desarrollo y la promoción del respeto a los derechos humanos. Son este tipo de actuaciones las que impedirán que los conflictos se tornen violentos y desencadenen guerras interminables de graves consecuencias humanitarias

Origen de las principales poblaciones de refugiados en 1999 (1)

PAÍS DE ORIGEN (2)

PRINCIPALES PAÍSES DEL ASILO

REFUGIADOS

Afganistan

Irán – Paquistán – India

2.562.000

Irak

Irán – Arabia Saudí – Siria

572.500

Burundi

Tanzania – R.D. Congo

525.700

Sierra Leona

Guinea – Liberia – Gambia

487.200

Sudan

Uganda – Etiopía – R.D. Congo
Kenia – Rep.Centroáfrica – Chad

467.700

Somalia

Etiopía – Kenia – Yemen – Djibouti

451.600

Bosnia – Herzegovina

Yugoslavia – Croacia – Eslovenia

448.700

Angola

Zambia – R.D. Congo

350.600

Eritrea

Sudán

345.600

Croacia

Yugoslavia – Bosnia-Herzegovina

340.400

Fuente: Publicación Refugees by Numbers

1. Estas cifras no tienen en cuenta los 3,5 millones de refugiados palestinos de Israel por depender de otra agencia de la ONU, pero sí los 400.000 que se encuentran en Irak o Libia.

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