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LA NUEVA ENCÍCLICA

NUEVA ENCÍCLICA: ALTO Y CLARO

GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@euskalnet.net

 

ECLESALIA, 21/07/09.- Benedicto XVI acaba de publicar una nueva encíclica clara y directa que todo el mundo va a entender, incluidos los representantes del grupo de países ricos G-8. Siguiendo la estela de Juan XXIII y Pablo VI, “Caridad en la verdad” tiene como hilo conductor la necesidad de superar la visión materialista de los acontecimientos humanos.

De la misma forma que la Iglesia institución ha denunciado hasta la saciedad el materialismo marxista (llegando a criticar a la Teología de la Liberación porque admitía el análisis marxista de la realidad), Benedicto XVI, desde los hechos y la fe, no deja margen de interpretación en su crítica al materialismo capitalista, a su estrategia y a sus fines, ante las consecuencias que está teniendo para el ser humano.

Se trata de una encíclica, por tanto un texto doctrinal católico de alcance mundial. Me atrevo a decir, pues, que estamos ante una clara llamada a las conciencias sobre la incompatibilidad del mensaje cristiano con una estructura socioeconómica materialista del signo que sea. En este caso, con las prácticas neoliberales actuales. Pero a diferencia de la posición sobre el marxismo, Joseph Ratzinger se va a encontrar muy solo entre su curia. Sin ir tan lejos, el obispo auxiliar de Madrid ha sido el primero en matizar la encíclica, en la que no ve condena alguna al modelo capitalista laminando así cualquier atisbo de denuncia profética del mismísimo Papa.

Desde el principio de la encíclica ya se afirma que nadie puede dar al otro de lo suyo sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde, señalando la responsabilidad tanto de las multinacionales como de las corruptelas locales de los países pobres. Ante esta situación, el Papa apunta directamente a “la acumulación en general y de los recursos básicos y energéticos en particular en manos de unos pocos es la fuente del problema”. Exceso por un lado y falta de distribución por otro.

Afirma que la Iglesia toda (es decir, cardenales, arzobispos y obispos incluidos) deben defender la tierra, el agua, el aire y sobre todo proteger al hombre contra la destrucción de sí mismo; una clara llamada a huir de la inhibición y a dar un paso al frente de compromiso activo frente a los desmanes económicos que deshumanizan a tantos millones de seres. Un paso al mismo nivel, diría yo, de la denuncia contra el aborto.

El Papa apunta a un sistema financiero que tenga como meta el desarrollo pleno de las personas; es decir, un progreso material y espiritual. Aboga por una reforma de la arquitectura económica y financiera internacional y de la ONU, sin olvidarse de señalar el riesgo de que la globalización sustituya las ideologías por la técnica transformándose ella misma en un poder.

En suma, un despliegue brillante sobre los problemas socioeconómicos, sus causas y soluciones, que apunta directamente al corazón humano de cualquier persona de buena fe. Por tanto, a esta gran encíclica le debería seguir inexcusablemente otros signos eclesiales que refuercen esta llamada a la humanización y a volver los ojos a la Buen Noticia como el faro de referencia para el desarrollo de todos. Para todos queda la reflexión de si remar a contracorriente de esta encíclica, o simplemente desentenderse de los remos, no es un claro signo de injusticia y escándalo

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